Ir más allá del Prompt: Humanidad en la era de los comandos de la IA

“No olvidemos el Humanismo en tiempos en los que la IA lo inunda todo”.

Martes, 3 de junio 2025, 16:00

Vanessa Argüelles

Directora de Formación y Desarrollo de Personas

Jaimar Carolina González

Consultora de formación y desarrollo de personas

 


Vivimos una época apasionante: la inteligencia artificial ha irrumpido en nuestras vidas y entornos profesionales con una fuerza imparable.

Nos estamos formando, experimentando, incorporando nuevas formas de trabajar, aprendiendo a diseñar prompts, optimizando comandos, buscando eficiencia, pero en medio de esta revolución tecnológica, hay una reflexión que rara vez nos detenemos a hacer:

¿Cómo le hablamos a la inteligencia artificial?

La mayoría de las veces, lo hacemos en modo imperativo. «Haz», «Genera», «Dame», «Corrige», «Reflexiona»… Y sí, es cierto: es una máquina. Una máquina que no tiene emociones, que no se siente juzgada, ignorada o cuidada. Pero… ¿Y si este estilo comunicativo fuese algo más que funcionalidad?

El lenguaje es generativo. Con cada palabra, con cada frase, no sólo conseguimos resultados: estamos entrenando maneras de ser, de estar y de relacionarnos. Incluso cuando nos dirigimos a una IA. Porque el lenguaje que usamos nos entrena, nos define y nos moldea. Se nos queda dentro y, sin darnos cuenta, puede empezar a colarse en otras conversaciones que mantenemos diariamente con nuestros equipos, nuestras familias, nuestros hijos, nuestros amigos e incluso y, tal vez, más grave: Con nosotros mismos.

Ahí es donde esta reflexión cobra fuerza: Hablar con respeto, con asertividad, con educación, con empatía, no es sólo una cuestión de cortesía profesional. Es una declaración de valores. Es educar desde el ejemplo y con emoción al robot artificial para dotarle del mejor contexto. Es cuidar el vínculo incluso cuando el otro no es humano, porque lo importante no sólo es la reacción del interlocutor, la clave está en cómo le pedimos, en la forma en la que nos expresamos y nos dirigimos a la máquina (ya sin entrar en la integridad holística de cómo nos dirigimos y nos comunicamos también con las personas, tema para otro debate).

¿Qué aprendemos cuando hablamos con quien no siente? ¿Y qué aprenden quienes nos escuchan cuando lo hacemos?

Esta no es sólo una cuestión de uso correcto de una tecnología. Es también una cuestión de cultura, de responsabilidad y de ética del lenguaje cotidiano. Porque los más jóvenes nos observan. Copian. Aprenden. Y si convertimos la comunicación funcional, directa y deshumanizada en norma, corremos el riesgo de que esa forma de hablar, de pedir, se integre en ellos también como manera natural de relacionarse con los demás. Hemos de velar para que no se pierda el matiz, el cuidado, el afecto, ni con las personas, ni con la máquina, ya que cuanto mejor comprenda la IA el contexto (el fondo, la forma, el cómo, el para qué, etc.), mayor valor y más eficacia tendrá su utilidad.

Y no sólo es hacia fuera. También hacia dentro. La forma en que nos hablamos a nosotros mismos moldea nuestras creencias. Si el lenguaje que usamos en nuestro diálogo interno es duro, exigente, imperativo, sin compasión… también eso lo terminamos creyendo, y pasa a convertirse en relato, en identidad. Y así trataremos a la máquina.

Más allá del prompt.

Adaptarse a trabajar en nuestras compañías con IA supone, en términos generales, un proceso de transición cuya asimilación y uso real, dicen los expertos, tendrá un proceso de en torno a 5-7 años.

Quizás para entonces nos demos cuenta de que ni todo es inteligencia emocional, ni todo cambia a inteligencia artificial. La realidad está justo en el medio, generando valor, disponiendo de tecnología competitiva, pero manejada por personas preparadas y con un enfoque más allá de lo técnico. Podríamos denominarlo como capacidad de pensamiento computacional en entornos laborales donde la gente crece, aporta y aprende, reciben y transmiten valores.

La clave está en que la persona sepa programar a la IA. Sepa educarla, entrenarla, sepa entender el contexto. El foco ya no está en la programación sino en crear en entorno completo y correcto de una herramienta, de un proceso o de un chat, y esto requiere de personas con un alto expertis. Otro asunto será disponer y/o buscar estas personas adecuadas y capaces de acometer esta función.

Más allá de la orden, está la huella.

Porque lo que decimos importa, pero cómo lo decimos, nos define. Y nosotros definimos a la máquina.

OPINIÓN

 

Vanessa Argüelles

Directora de Formación y Desarrollo de Personas

Jaimar Carolina González

Consultora de formación y desarrollo de personas